Planeta Tierra: Entrevista tercera y última parte al compañero anarquista Gustavo Rodríguez

Recibido el 07/01/2021

C.I. Vimos que participaste con las Palabras previas  en el libro “Como vivimos desde la anarquía los disturbios y la lucha por el Poder en Bolivia”, desenmascarando el “pachamamismo” intelectual y el papel de los anarco-izquierdistas de la región. En Bolivia, pareciera que bajo la bandera negra en realidad solo existen agrupaciones neoplataformistas y pachamamistas que se acarician con la izquierda, registrándose muy pocxs compañerxs críticos hacia ese deplorable romance. Coméntanos más acerca de tu contribución y qué te motivó a escribir el prólogo para este libro recientemente editado por lxs afines bolivianxs.

G.R. Desde comienzos de la década del ochenta del siglo pasado, he mantenido contacto con ciertos ambientes antiautoritarios en la región. Incluso, tuve la oportunidad de participar en una que otra tertulia durante mis estancias en Bolivia, lo que me permitió acercarme a diferentes desarrollos libertarios.  Hablo de los tiempos de Líber Forti y, (algo después) del entrañable Boris. Sin embargo, como en casi toda Latinoamérica, en la región boliviana son innegables las carencias anárquicas a partir de los años cincuenta; época en que el deshilachado sindicalismo libertario concluye sus días absorbido por la verborrea nacionalista y se integra (sin mayores miramientos) a la oficialista Central Obrera de Bolivia (COB), quedando fuera del control del Estado algunas expresiones marginales sin menor pretensión contestataria. Para rematar, el florecimiento antiautoritario sesenta y ochesco, no pasó de ser un hecho anecdótico sin mayor impacto, al encontrarse la región enfrascada en el estira y encoge de la Guerra Fría, donde todas las luchas quedaban subordinadas al llamado antiimperialismo y las estrategias de decolonización y liberación nacional, delineadas en La Habana, Pekín y Moscú. Por si fuera poco, a Bolivia específicamente, le tocó ser la sede experimental del foquismo y la tierra que diera sepultura al venerado San Ernesto de la Higuera. Circunstancias determinadas y circunscritas a un escenario histórico que condenaba al ostracismo cualquier posibilidad de incidencia realmente anárquica.

No sería hasta finales de la década del ochenta y comienzos del noventa del siglo pasado, que ganaría presencia la “A” circulada en la estética punk, dando origen a pequeños desarrollos libertarios contraculturales que, más tarde, ensancharían sus arterias tras la bancarrota del “socialismo realmente existente” y el arribo de toda una fauna de académicos marxistas e indigenistas que desempolvaban sin escrúpulos la foto del abuelito anarcosindicalista y se ponían la camiseta libertaria en busca de nuevas becas para la investigación y el financiamiento de sus publicaciones, ya fuera el Banco Central o el Banco Mundial, en eso no tienen la menor circunspección. En ese sentido, recuerdo un documental –a inicios de los noventa–, editado por uno de esos grupos de académicxs “libertarixs”, que pretendía ser la historia de la Federación Obrera Femenina (FOF) y, para mi sorpresa, cerraba con un loa, francamente repulsivo, al nacionalsocialismo de los hermanos Castro.

[Dese luego, no es casual que me refiera a “desarrollos libertarios” y no a iniciativas anárquicas. Considero que cada palabra tiene su peso específico. Y, en el caso de la palabra Anarquía, es aún más significativo: no hay ningún vocablo que la sustituya. Los “sinónimos” que han intentado sustituirla no expresan lo mismo, a penas llegan a aproximaciones inocuas que no alcanzan la talla de la palabra y, –lo que es peor– encubren desvirtuaciones y acomodos políticos.]

No fue hasta principios del siglo XXI que comenzaron a asumirse como “anarquistas” algunos agrupamientos de la región, varios de ellos más próximos al neoplataformismo y al anarcoleninismo –importado de Montevideo (F.A.U) y Santiago de Chile (C.U.A.C.)–, como era el caso de Juventudes Libertarias. Paralelamente, cobraban “reconocimiento” en nuestras tiendas esas intenciones académicas decoloniales, que mencionaba con anterioridad y, los rituales pachamamistas de agrupaciones folklóricas como la denominada Tojpa Libertaria. Lógicamente, con el arribo al poder del Movimiento Al Socialismo (MAS) y el primer presidente indio, estos sectores proto marxistas e indigenistas, no dudaron en asumir la típica “solidaridad crítica” con el “capitalismo andino” y entrar en el juego del sistema. En ese mismo contexto, tomarían vida nuevas tergiversaciones anarco-bolcheviques de la calaña del “Colectivo Juvenil Anarco Comunista” (C.J.A.C.), la “Organización Anarquista por la Revolución Social” (OARS) y la “Red Verde por la Liberación Total”. Esta última, haciendo uso de un nombre muy “peculiar” que utilizaba con toda la –mala– intención de confundir a la escena insurreccional local.

Fue precisamente por esas fechas, que ganó potencia a modo de contrapropuesta en la región boliviana, la tendencia informal e insurreccional anárquica, confrontando –en los hechos– al capital y al Estado, sin hacer la menor distinción en el color ideológico de la autoridad de turno. Esto no sólo le acarreo persecuciones, exilio y encarcelamiento a los compañeros y compañeras afines a la tendencia, sino el señalamiento, el reproche y la delación de esos libertarios pachamamistas, que etiquetan la práctica anárquica consecuente bajo el rótulo de “anarco-terrorismo”, como el impresentable Carlos Crespo y similares. Sin duda, el encarcelamiento del compañero Henry Zegarrundo, es la prueba más fehaciente de toda esa trama infame y la evidencia más contundente del rol contrainsurgente de estos oportunistas.

Precisamente, en esos contornos del desarrollo de la tendencia informal anárquica en la región y el ataque sistemático de estxs libertarixs al servicio del mejor postor, fue que se gestó el libro “Como vivimos desde la anarquía los disturbios y la lucha por el Poder en Bolivia”, por lo que me sobraban razones para acceder gustoso a prologarlo  y a apuntalar, desde mis limitadas posibilidades, su perspicacia. Así que podría afirmar, sin contriciones, que mis motivaciones se centran ciento por ciento en la afinidad, la solidaridad directa y, sobre todo, en mi más sincero reconocimiento a ese puñado de compañeros y compañeras que abrieron brecha al insurreccionalismo en las condiciones más adversas pero que, pese a ello, han continuado (y continuarán) propagando el fuego anárquico.

C.I. En todos tus textos insistes en la necesidad de un nuevo paradigma subversivo que le de vida al anarquismo en nuestros días, en contraposición con lo que llamas “anarquismo decimonónico”. Demandas la puesta en práctica de un “anarquismo contemporáneo” que responda a las necesidades de la lucha anárquica en el siglo XXI. Esa distinción, a veces provoca algo de desconcierto entre algunxs compas que ven en tu propuesta un alejamiento de lo que podría denominarse “anarquismo clásico”. Esto lo entienden como un distanciamiento con la Idea, en el sentido de los principios originales. ¿Podrías comentar algo al respecto?

G.R. Lamento mucho que mis inquietudes provoquen desconcierto en algunos compañeros y compañeras. Seguramente no he sabido explicarme bien al momento de argumentar por qué entiendo necesario un nuevo paradigma anárquico, lo que ha incitado la confusión involuntaria. Otra posibilidad que podría estar alimentando ese desconcierto, es el bagaje teórico-práctico del que parten esos compañeros; es decir, aquí resulta primordial conocer de que “baúl” extraen sus posicionamientos. Sin duda, esto nos ayudaría mucho a entender qué motiva su desconcierto. Si sus convicciones reposan a buen recaudo en el baúl de los recuerdos, es muy probable que asuman “la Idea” –como decían en tiempos de mis abuelos– como una suerte de dogma incuestionable y por ello, se vean impedidos de reflexionar en torno a la caducidad de muchos de los postulados del “anarquismo clásico”.

En el contexto babilónico en que yace el actual “movimiento”, es habitual encontrarnos con las posturas más variopintas que podamos imaginar, pero casi siempre, es una constante que todos esos posicionamientos permanezcan varados en el lecho de la tradición; es decir, en la ortodoxia. Y cuando se vive sumergido en el dogma y la ortodoxia, lo frecuente es que se recurra a la sospecha e incluso, a la descalificación, en lugar de concurrir en el espacio de los intercambios y la retroalimentación. Es una verdadera lástima, pero esa es la actitud de muchos compañeros en nuestras tiendas, lo que les impide darse cuenta lo obsoleto de sus postulados y la inocuidad de su activismo. Si ese fuera el caso, tendríamos que recomendarles su ubicación en presente pluscuamperfecto. Una vez situados en nuestros días, es mucho más sencillo despojarnos de todos los conceptos pre-enlatados y, abandonar la inercia que impulsa esta lucha circular.

Y sí, definitivamente voy mucho más allá de un alejamiento del “anarquismo clásico”; sin embargo, mi propuesta es un ejercicio intransigente de reafirmación anárquica que retoma nuestra crítica radical a todo poder y ratifica nuestro compromiso con la liberación total. Yo defiendo la tesis de un anarquismo contemporáneo, emancipado de pasado y ajeno a todos los intentos resucitadores de estrategias y concepciones caducas.  Soy partidario del olvido; de hacer tabula rasa.

Si realmente aspiramos a la destrucción de todo lo existente, hay que partir de cero y abandonar todas las esperanzas utópicas. Es urgente sacudirnos el cristianismo secular y el cientificismo marxiano que heredamos de los siglos XIX y XX. Hay que darle un tiro de gracia al siglo pasado para poder actuar en presente, asumiendo el carácter permanente de la destrucción anárquica, abandonando la visión apocalíptica –tan incrustada en nuestras tiendas con camuflaje revolucionario–, siempre a la espera del acontecimiento salvífico que traerá el nuevo reino de la libertad tras la destrucción del viejo mundo. Solo estando conscientes que el Poder se renueva constantemente, podremos emprender nuestra lucha aquí y ahora.

Por eso, considero  importantísimo desarrollar el debate al interior de nuestras tiendas. Y no me refiero al universo anárquico en general, sino a nuestra galaxia, a nivel de la tendencia informal e insurreccional propiamente, donde a veces nos topamos con cada arcaísmo que da pena. Propuestas sesenteras y setenteras de inspiración foquista y masturbaciones similares ancladas al milenarismo secular: verdaderas zancadillas al impulso de la lucha anárquica en nuestros días. Afortunadamente, no soy el único con estas preocupaciones. Toda una nutrida órbita de afinidades anárquicas alrededor del planeta tienen similares inquietudes e igualmente reconocen la urgencia de un nuevo paradigma anárquico, razonando  que la posibilidad de cimentación de un paradigma renovado solo se potenciará en una trama multidimensional e irregular, en la que puedan confluir los nuevos desarrollos teóricos y las prácticas de destrucción anárquicas, en el contexto de nuestra historicidad presente.

Para ello, estamos echando andar Correspondencias Anárquicas, un sitio web multilingüe que no pretende convertirse en un nuevo “sujeto” organizacional, sino que busca ser un “espacio” de debate, y un “lugar” de encuentro internacionalista, que facilite el desarrollo de la tendencia informal e insurreccional en todas las latitudes. Con ese objetivo, se ha redactado  a varias manos una propuesta de Manifiesto anárquico para el siglo XXI, que ya se encuentra traducido a varios idiomas (español, euskera, italiano, inglés, francés, griego y polaco) y estará accesible en el sitio web para su escrutinio y discusión a comienzos del próximo año (2021). Quizá, a partir de esos debates y los posibles acercamientos subsiguientes, pueda concretarse ese paradigma anárquico y sus prácticas inmediatas. Empero, estoy conciente que será un quehacer arduo, teniendo en cuenta el abismo teórico-práctico que separa las dos corrientes predominantes al interior del llamado insurreccionalismo en nuestros días. Aún perduran –en el denominado insurreccionalismo clásico– viejas concepciones, atadas a las intoxicaciones marxianas del siglo pasado y toda la bazofia comunalista heredera del commonismo de Dauvé y caducidades similares, con su fe secular en la realización del Comunismo libertario.

C.I. Otra inquietud que surge en muchxs compañerxs, es alrededor de tu apuesta por un “anarquismo distópico”, como planteas en tu libro “La explosión de la rabia: anarquismo en el siglo XXI”, editado en Chile por lxs compañerxs de Internacional Negra Ediciones. ¿Específicamente, a qué te refieres con la expresión “anarquismo distópico”?

G.R. Ante todo debo aclarar que nunca he hecho ninguna referencia al “anarquismo distópico”.  Aparentemente, esta “inquietud” surge de una lectura rápida del texto. Claro, el vocablo “distópico” tiene una definición bien estrecha según los censores del idioma castellano. Si consultamos el diccionario de la RAE, veremos que especifica: “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causante de la alienación humana”. Pero todos sabemos que ese engendro prescriptivista y misógino –como dicen lxs compas del Estado español–, “canta más que una almeja”. Lógicamente, desde esa acepción la palabra se ha utilizado en la literatura de ciencia ficción y, también es muy recurrente a la hora de describir la actual sociedad hipercapitalista como una era signada por la introyección de la tecnología en nuestra psique y la colonización de las máquinas, donde la única resistencia posible, y el último refugio, es la esquizofrenia.

En realidad, echo mano de una invención idiomática sin la menor pretensión. En La explosión de la rabia: nueva sedición anárquica en el siglo XXI, utilizo la expresión “tensión disutópica” para describir la Anarquía en nuestros días, como potencia negativa emancipadora que excede todos los encasillamientos utópicos. Tal vez, debí de poner la palabra «disutópica» en itálicas (bastardillas) o, en su defecto, separarla por guion (dis-utópica) para evitar que en una lectura rápida se confundiera con «distópica» o «distopía». Ciertamente, en este caso uso el prefijo «dis» denotando separación en lugar de negación. Es decir, en el mismo sentido de los vocablos «distraer» y «diseminar» y no en el sentido de negación o contrariedad, como en las palabras “disconforme”, “disgustar” o, “distópico”. Lo que busco es un claro distanciamiento de los proyectos utópicos y, me pareció conveniente emplear esta invención de modo aglutinador, donde quedara implícito esa intención.

C.I. A raíz de los debates generados con la lectura de tu folleto Covid 19: Covid 19: La Anarquía en Tiempos de Pandemia , algunxs compañerxs advierten cierto “pesimismo anárquico” en tus palabras, concretamente en el último apartado del texto (“La capacidad heurística de la Anarquía”), con aproximaciones al nihilismo. Incluso, en esa contribución le haces un guiño a “la perspectiva queer anarco-nihilista”, resaltando las aportaciones de Jack Halberstam, Lee Edelman y la revista Baeden ¿Has optado por cierto “pesimismo anárquico”? ¿Está presente en tus textos esa intención nihilista que algunxs señalan?

G.R. Es curioso, recientemente, en un intercambio epistolar con el compañero Costantino Cavalleri, me comentaba que advertía cierto “pesimismo” en mis palabras. Pienso que este pesimismo que me achacan, está más asociado a la nostalgia por el pasado –que tanto repudio– y, al nuevo etiquetado “anarco-pesimista”. Los neopesimistas, echan mano de todo un revoltijo teórico que va desde las ideas del romanticismo, hasta la paja cósmica de Eugene Thacker, pasando por la lectura rápida del  viejo Labadie (tan rápida, que solo se quedan con el título de una de sus más recientes recopilaciones), uno que otro folletín decolonizador y, las instrucciones, no para armar una potente bomba, sino para construir una cabaña de troncos. Todo este potaje, claro está, degustado al son de un tamborilero azteca –audífonos mediantes–, porque todo tiempo pasado siempre fue mejor.

Considero que quienes acusan cierto “pesimismo” en mis palabras, confunden pesimismo con escepticismo.  Es mis contribuciones, puede advertirse un “anarquismo escéptico”, en sentido etimológico.  Eso es justo lo que trato de alentar todo el tiempo. Es decir, un anarquismo reflexivo, motivado por el recelo y la desconfianza hacia ese anarquismo progresista que se asume como broche de oro  de “la marcha de la Humanidad”; ese anarquismo concebido como sistema socio-político que fantasea con su implantación revolucionaria. Un anarquismo escéptico, aspira a mantener viva la tensión disutópica a través de la insurrección permanente y la extensión del ilegalismo.

En cuanto al “guiño” a “la perspectiva queer anarco-nihilista” y las aportaciones de Jack Halberstam, Lee Edelman y la revista Bæden, habría que comenzar separando el grano de la paja. Es decir, hay que ubicar quién es quién. En ese sentido, la publicación Bæden sí se asume queer anarconihilista y, Halberstam –pese a desenvolverse en el medio académico– muestra afinidad con los posicionamientos anárquicos, algo que, definitivamente, no es el caso de  Edelman (ni Heather Love), aunque es preciso reconocer su insistencia en la negatividad, el rechazo a la reproducción, a la familia, al género, al futuro y, su incitación a una queeridad  antisocial y, sin duda, si se exacerban todos esos factores, se afecta directamente la dominación y se fisuran los principios civilizatorios. Sin embargo, si bien es evidente la abundante producción teórica desde estos posicionamientos, salvo honrosas excepciones, se registra cierta escasez de práctica consecuente.

En el mismo tenor del anarconihilismo queer –entendido como una tensión constante contra la normalidad y la narrativa dominante hetero/patriarcal/monogámica y, religiosa– también hay que incluir expresiones como Bash Back o FBI, e individualidades como Flower Bomb y otras, propulsoras de la insurrección genderfuck y el ilegalismo contemporáneo. El gran reto, es hacer confluir esos nuevos desarrollos teóricos y todas las prácticas subversivas, en un nuevo paradigma anárquico que sea capaz de oxigenar la teoría anarquista y golpear donde duela.

Por último, quisiera puntualizar un par de cosas en referencia a la pretendida “intención nihilista” de mis contribuciones. Ante todo, tendríamos que ser muy precisos en el significado del término nihilista en nuestros días. Definitivamente, el anarconihilismo no es una entelequia de facturación reciente; por el contrario, este concepto tiene presencia en nuestras tiendas desde los primeros años del siglo XX. Basta mencionar a compañeros de la talla de Abele Rizieri (más conocido como Renzo Novatore) y Bruno Filippi, para ilustrar en actos esa honrosa presencia; sin embargo, no debe confundirse –como sucede frecuentemente– con el mal llamado “nihilismo ruso”. Es de lamentar la cantidad de tinta y papel que se ha dedicado a los naródniki en nuestras tiendas, confundiendo el movimiento populista ruso de las décadas del setenta y ochenta del siglo XIX con la teoría y la práctica  nihilista.  Esta desvirtuación se origina en la literatura rusa, con la novela Padres e hijos de Turguénev y,  mucho después, con la narrativa moralizadora del conde Tolstoi pero, en realidad, el verdadero nihilismo –al igual que el anarquismo– es la antítesis del populismo ruso. Sin duda, el populismo es la esencia del fascismo; no en balde, el bolchevismo nutrió sus filas con sus legiones.

De esto ya se daba cuenta el viejo Bakunin, con su visión intuitiva, razón por la que terminó mandando al carajo a Nechaeyev, a pesar de no haber logrado librarse plenamente del populismo. Empero, quien le abrió las puertas de nuestras tiendas al mal llamado “nihilismo ruso”, fue el príncipe Kropotkin, que desde su nacionalismo intrínseco aseveró la confusión, ratificando a los populistas rusos como “nihilistas” y, glorificando las virtudes de aquellos burgueses liberales que idolatraban las miserias de la aldea y ansiaban fusionarse con el pueblo (¡Vnaród!).

Lo más penoso, es la reivindicación contemporánea de los naródniki desde supuestos posicionamientos anarco-individualistas. Una auténtica aberración, siendo los naródniki, como su nombre lo indica, “amantes del pueblo”. Toda la retórica romántica de la intelligentsia populista, con su Marcha al pueblo, exaltando los valores de la comuna campesina, las costumbres igualitarias y la moral intrínseca del campesinado que “ha renunciado al egoísmo, a su individualidad, expresando en el acuerdo común el amor verdadero entre hermanos”        –como afirmaba el grupo Voluntad del Pueblo–, debería resultar francamente repulsiva para cualquier anarquista individualista de todos los tiempos.

C.I. En tu texto “Las rebeliones de la miseria”, afirmas que “Lejos de la retórica izquierdista que insiste contra toda evidencia que «mientras haya miseria habrá rebelión» (…) Resulta cada vez más axiomático que la «miseria» solo produce «miseria». Es decir,
servidumbre, mendicidad e incluso, pérdida de toda dignidad. Tal como reza el proverbio: «el hambre es mala consejera». (…). Por eso, en lugar de crear rebeldes y refractarios, la miseria engendra enfermedad, desnutrición, mortalidad, miedo, explotación sexual, corrupción, soldados, policías, delatores y votantes: miseria humana. Razón por la que se enaltece la miseria desde la izquierda, sabedores que entre sus fauces se ceba el porvenir, o sea, se contabilizan los futuros votos.”

Estas palabras, han provocado muchas reacciones entre lxs compañerxs  chilenxs, incluso ha sido motivo de indignación ya que una fracción amplia de grupos e individuxs antiautoritarixs tienen como bastión de lucha precisamente la frase “mientras exista miseria habrá rebelión”. ¿Cómo te posicionas frente a la indignación de lxs compañerxs antiautoritarixs de la región chilena?

Es de conocimiento público el papel que jugaron en la histórica lucha contra la dictadura de Pinochet y posteriormente,  contra el régimen democrático impuesto por el Neoliberalismo, algunos frentes de izquierda extraparlamentaria como el Movimiento Mapu Lautaro, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), y cómo su experiencia insurreccional sirvió de base a la posterior consolidación del actual movimiento antiautoritario en la región, al pasarle la estafeta de la lucha a los nuevos grupos de jóvenes  rebeldes.

G.R. En fechas recientes, algunxs afines chilenxs me escribieron comentándome que ese texto –extraído del folleto El aroma del fuego: la rabia de la desesperanza en un mundo tripolar –, había causado gran rechazo en algunos grupos subversivos antiautoritarios que identificaban un “plan de ataque” en mis palabras, lo que originó una suerte de reafirmación de esa consigna (“mientras exista miseria habrá rebelión”) en todas las notas y comunicados emitidos con posterioridad a mi contribución.

Como decían en mi barrio: me parece que se está confundiendo la gimnasia con la magnesia. En primer lugar, debo aclarar que mi intención, en ningún momento, ha sido agredir a los difusores de este lema sino incitar la reflexión en torno a su significado, encaminando nuestros pasos hacia un diálogo fraterno en busca de nuevos posicionamientos  realmente rupturistas, que permitan darle vida a la Anarquía e impidan cualquier recuperación sistémica. Tales intenciones, de hecho, quedaron plasmadas en la trilogía Cartas a un(a) chileno(a) sobre la situación actual (Parte I, Parte II, Parte III), texto que incluso dediqué al compañero Joaquín García Chanks y a Marcelo Villarroel Sepúlveda, a quien se le atribuye la autoría de la consigna.

Evidentemente, nunca le dedicaría un texto ni me dispondría a entablar un “diálogo” con el autodenominado “comandante Ramiro” (Mauricio Hernández) ni ningún otro mierda de esa calaña, por mucha trayectoria que tenga (en el Partido Comunista) ni por los años que lleve encarcelado. Si el proyecto revolucionario al que aspira Hernández, se hubiese concretado –en lugar de declararse en bancarrota–, seguramente la lista de compañerxs anarquistas fusiladxs bajo sus órdenes fuese significativa. Sé que estas son verdades incómodas para algunxs pero no podemos tapar el sol con un dedo; menos aún cuando estamos comprometidos con la extensión de la teoría y la práctica anárquica en nuestros días.

Me parece innecesario explayarme en torno a la ineludible distinción que hago con Marcelo, con Juan Aliste y otros subversivxs antiautoritarixs que, desde la década del noventa, rompieron con el partido político-militar autoritario donde militaban e iniciaron un proceso de evolución hacia la teoría y la práctica antiautoritaria; prueba de esta trasformación indiscutible, fue el Colectivo Libelo (primero) y Kamina Libre (después).

Siempre he reconocido el impacto que produjo esta ruptura en toda una generación de jóvenes que –junto a ellos– comenzaron a cuestionarse el autoritarismo implícito en la izquierda militarista y sus objetivos dictatoriales posrevolucionarios, optando por el camino insurreccional anárquico hacia la liberación total. En ese sentido, considero que asumir un “plan de  ataque” en mis palabras, impide a priori cualquier posibilidad de diálogo fraterno, quedando reducido a la catarsis de sacarme la lengua y continuar impulsando –por inercia– la repetición de una consigna de la izquierda allendista, sin mayor cuestionamiento.

Justo en ese párrafo que ustedes reproducen en su pregunta, expongo de forma explícita porque no podemos apostarle a las “rebeliones de la miseria”, señalando lo que en verdad produce la miseria. Una producción significativamente alejada de la afirmación de rebeldes y refractarios. Además, exhibo de forma clara las cínicas intenciones de la izquierda en torno a lxs miserables, intenciones que han facilitado siempre la recuperación sistémica de este tipo de “rebeliones”. Acto seguido, intento –desde mis limitaciones teóricas– mostrar de manera sistemática cuales han sido los resultados de las “rebeliones de la miseria” a lo largo de la historia de las luchas. Entonces, me resulta muy difícil entender la pretendida “ofensa” y, el supuesto “ataque” que identifican en mis palabras que, en los hechos, no son sino una consecuente ratificación de principios.

En cuanto a las organizaciones político-militares de tendencia ultra autoritaria que mencionan y, su papel en la lucha contra la dictadura fascista del general Pinochet y la “democracia cartucha” de la Concertación, hay que empezar por aclarar quién es quien y, dotar de contexto histórico esta narrativa épica, antes de posicionarnos al respecto. Ante todo, tenemos que recordar que el golpe de Estado contra el gobierno socialdemócrata de Salvador Allende y su “Unidad Popular”, fue diseñado en Langley, por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y, protagonizado por las Fuerzas Armadas de Chile, en el contexto de la confrontación de los dos imperialismos (URSS Vs. USA) y la llamada “guerra fría”. En ese mismo escenario, se va a desarrollar la respuesta militar del bloque contrario, es decir, dentro de esa misma lógica de “confrontación ideológica bipolar” es que van a tomar cuerpo las guerrillas de oposición al régimen fascista. Lo segundo que tenemos que destacar, es que los tres partidos que enumeran, participaron activamente en el gobierno de Chicho Allende. En el caso específico del Partido Movimiento de Acción Popular Unitario (MAPU) y su escisión, el Partido Movimiento de Acción Popular Unitario Obrero Campesino (MAPU/OC o MOC) y, el Partido Comunista de Chile –del cual surgió mucho después el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), como su “brazo armado”–, formaron parte de la coalición electoral de partidos políticos (Unidad Popular) que llevaron a la presidencia a Allende.

Con la excepción del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que, desde sus orígenes se concibió como organización político-militar de orientación castro-guevarista, destinada a consolidarse como partido de masa y ser la vanguardia de los sectores obreros y campesinos, en el desarrollo de la lucha armada encaminada a la toma del poder político y la instauración de la dictadura del proletariado; los otros partidos, optaron por la vía electoral en sintonía con la propuesta stalinista del “frente popular”, por lo que no recurrirían a la “lucha armada” hasta que fueron derrocados como gobierno. Valga puntualizar también, que el MIR, a pesar de su retórica guerrillera, a la llegada de Allende, abandonó la clandestinidad y acordó suspender toda acción armada y –a petición de los jerarcas de La Habana–, comenzó a integrarse a “las tareas” del nuevo gobierno, organizando los “Frentes Intermedios de Masas” y poniendo al servicio de la seguridad de Allende su estructura militar.

Salvo el MAPU-Lautaro, organización que aún con su marcada adoración por la dictadura de los hermanos Castro, mantuvo cierta autonomía política y, sobre todo, económica –en su etapa paramilitar, como consecuencia de su extracción católica, se alineó primero a los postulados de la teología de la liberación de corte camilista y, mucho después (tras el Congreso de Lima, 1983), asume toda la verborrea senderista de la “guerra popular prolongada”, impulsando la consigna “Con la rebeldía popular, la toma de Chile Va”–; todos los partidos paramilitares chilenos, contaron con el financiamiento puntual y la asesoría de los gobiernos de La Habana y de Moscú y, se plegaron a las órdenes de los hermanos Castro al servicio del ajedrez político de la guerra fría.

[A principios de la década del setenta, conocí a varixs miristas y algunos de los futuros combatientes del FPMR que estuvieron albergados durante su entrenamiento ideológico-militar en la Escuela del Partido Comunista (en el reparto La Coronela en la Ciudad de La Habana) y; luego, me toco coincidir con varios de ellxs en las montañas de Nicaragua durante los primeros años del gobierno sandinista. Los que no soportaron el control y la manipulación del gobierno de los Castro –incluso sin renunciar a sus principios– huyeron hacia México, Estados Unidos y Europa. En realidad, era denigrante aceptar las condiciones que les imponían. Recuerdo anécdotas muy particulares de viudas de militantes del PC y/o del MIR, que se les prohibía tener nuevxs compañerxs sexuales o, volver a casarse, porque tenían que ser exhibidas al mundo como “las viudas de la barbarie”.]

Precisamente, esa “singularidad” que caracterizaba al MAPU-Lautaro, me permitió por allá de la década del ochenta del pasado siglo, interactuar en los barrios de las comunas del sur de Santiago, con pequeños nucleamientos de jóvenes integrantes del MJL, que habían llegado a sus filas decepcionados del autoritarismo del MIR o de las Juventud Comunista y, pronto identificaban la misma impronta en este partido. Por eso, me resulta inverosímil la afirmación que hacen en su interrogante, porque considero que no puede haber consolidación alguna del movimiento antiautoritario sobre la base de la “experiencia insurreccional” de estas organizaciones ultra autoritarias, mucho menos, podemos recibir “su estafeta”. Su lucha, no es nuestra lucha y, sus objetivos, son diametralmente opuestos a los nuestros. No hay nada que heredar ni nada que aprender y, mucho menos, que imitar, de esas organizaciones paramilitares. Tampoco hay nada que reconocerles, salvo la infamia imperdonable de haber arrastrado a miles de adolescentes y jóvenes a la muerte, para satisfacer las pretensiones político-ideológicas y las ambiciones de poder de la casta dirigente. No podemos dejarnos engañar por las estrategias de captación del fascismo rojo. Hay que salirles al paso y confrontarlos como lo que son: nuestros eternos enemigos.

Desde hace años, vengo denunciando esta estrategia de captación en nuestras tiendas. Para corroborarlo, está disponible un folleto, editado en Chile por Ediciones Crimental (1), que fue elaborado de forma bastante atropellada con retazos de discusiones e intervenciones mías en diferentes foros de Internet a comienzos de la década del 2000. En ese folleto, señalo sin tapujos, como todo un remanente de “revolucionarios profesionales” otrora asalariados (y/o voluntarios) al servicio de la URSS, la RDA, Albania o Cuba, al verse ideológicamente desempleados tras el desplome del comunismo realmente existente, no tuvieron más alternativa que iniciar un proyecto de penetración –no solo en agrupamientos de signo anárquico, sino en organizaciones indígenas,  de vecinos, de parados, etc.–, posicionándose como los “renovadores” teórico-ideológicos de la “nueva” insurrección, dispuestos a pasar la estafeta a los más jóvenes (y políticamente inexpertos). Justo, entre los pacos rojos que señalaba en esa contribución, mencionaba al  MIR; es más, a algunos de estos oportunistas los llamaba por nombre y apellido, como al exMIRista  Jaime Yovanovic Prieto, más conocido por esas fechas por su nombre artístico (Profeso J.).

C.I. Desde finales de mayo, a raíz del asesinato de George Floyd a manos de policías racistas en la ciudad de Minneapolis, se desató una ola de rabia en todo Estados Unidos, con grandes protestas convocadas por el movimiento Black Live Matter (BLM), protagonizando espontáneos enfrentamientos con las fuerzas represivas, ataques a los símbolos del poder y la propiedad privada e, incendios. El propio Trump, como representante de la supremacía blanca gobernante, ha señalado a lxs anarquistas y a Antifa como los artífices de estas revueltas ¿Cómo has vivido esta situación por esas tierras? ¿Cómo lo piensas desde la perspectiva anárquica insurreccional? ¿Cómo visualizas este sorpresivo crecimiento del movimiento anarquista y antifascista, y su gran protagonismo en estas luchas?

G.R. Comenzaré respondiendo la tercera pregunta que, de cierta manera, también me permitirá contestar las cuestiones previas, dándole continuidad a la estrategia de tres en uno de su cuestionario.

Ante todo, considero que ese “sorpresivo crecimiento del movimiento anarquista y antifascista” que mencionan, no se corresponde con los hechos. Lo curioso de este “fenómeno”, es que esa percepción de “crecimiento” se ha registrado, sobre todo, en las sectas que enarbolan el slogan del llamado “anarquismo organizado” y abogan por la implantación del “Poder Popular” en Norteamérikkka. Como planteaba recientemente en una carta abierta dirigida a un viejo compañero de viaje que se ha convertido en gurú del anarcoizquierdismo en estas tierras: son presa del efecto Pigmalión.  (2)Es decir, se han creído el mito. Trump, no sólo ha puesto de moda el término “anarquismo” –dotándolo de una popularidad inédita en Norteamérikkka– sino que ha etiquetado bajo ese rótulo a toda la izquierda liberal (que tiene un pie en el Partido Demócrata y, el otro, en el activismo comunitario y las “políticas de identidad”), además de señalarnos como el principal “enemigo público”. Como es lógico, este discurso ha sido magnificado en los medios de enajenación masiva de la derecha militante a través de canales como Fox News y otras televisoras y radioemisoras alienadas al fascismo trumpista. Pero lo paradójico de todo esto, es que en su delirio cuantitativo, estas sectas han terminado por creerse el discurso que les vende el enemigo, aseverando tal “crecimiento” y dando por sentado un incremento en las “tendencias libertarias” movimentistas.

Incluso, han sobredimensionado al propio movimiento Black Lives Matter como “movimiento de emancipación de los afrodescendientes en lucha contra el supremacismo blanco”; cuando en realidad, buena parte de esto, ha sido una puesta en escena del reformismo afroamericano en contubernio con el Partido Demócrata que, una vez más, utiliza los asesinatos racistas de la policía en busca de influencia política y posicionamiento en la nueva agenda demócrata. Como atinadamente señala Flower Bomb –afrodescendiente, queer y anarquista–: «Muchos políticos de identidad (…) están más interesados en explotar la «culpa blanca» para obtener beneficios personales (o incluso financieros) que en enfrentarse físicamente al modelo organizativo de supremacía blanca”» (3). Ciertamente, esa es la triste historia de los líderes comunitarios. Para corroborarlo, hay una amplia lista de oportunistas históricos de la calaña del reverendo Jesse Jackson (padre e hijo) y,  de nuevos oportunistas, como Hawk Newsome y su hermana Chivona, solo por mencionar un par de nombres de la nueva generación. Desde luego, llamar las cosas por su nombre, no es políticamente correcto para estas agrupaciones pseudo anarquistas que buscan afanosamente “alianzas” y, con tales intenciones, ven “prácticas libertarias” en todos los movimientos populares.

Hay un sector del denominado posanarquismo –principalmente asociado a la esfera académica– que, reanimando (y reinterpretando) algunas desvirtuaciones del anarquismo clásico, insiste en tomar en cuenta a otros movimientos contemporáneos que acomodan en su retórica (no en su práctica) algunos conceptos con clara marca de fábrica, como la “acción directa”, el “apoyo mutuo” u otras concepciones no tan anárquicas pero que, gracias a las fuertes influencias marxianas –particularmente aquellas que se produjeron en la segunda mitad del siglo pasado–, fueron incorporándose a nuestro léxico e incluso llegaron a considerarse de hechura propia, como la “autogestión” y la “autonomía” o, en fechas mucho más recientes, monstruosidades inconcebibles como el “Poder Popular”, la “democracia directa” y el “autogobierno”.

Desde esa óptica “populista”, este sector vislumbra (equivocadamente) la “oportunidad” de desarrollar un “proyecto revolucionario” de tendencia anarco-comunista, que ponga fin a la explotación capitalista en Norteamérikkka, mediante el “Poder Popular” generalizado. Ciertamente, se trata de una propuesta trasnochada de clara matriz stalinista, que ha sido precariamente reciclada para consumo “libertario”. Me refiero a sectas como la Black Rose Federation e, iniciativas virtuales del tipo It’s going down, que ante la falta del cacareado “sujeto histórico” han ido perdiendo el suelo y, en el caso específico de por acá, han terminado haciéndole la campaña al Partido Demócrata o en Chile, impulsando una nueva Constituyente o conformándose en partido político (Izquierda Libertaria) y entrándole al circo electorero.

Ahora bien, el tema de “Acción Antifascista” (Antifa), se cuece aparte y, es aun más penoso. Su “visibilidad” en Norteamérikkka, también es producto de la publicidad que Trump les obsequió, al declarar a esta agrupación –prácticamente inexistente–“organización terrorista”, con el claro objetivo de ponerle “cara” al caos generalizado tras el ataque a la Tercera Estación de Policía en Minneapolis y, minimizar así las manifestaciones de nihilismo que, consecuentemente, rebasaron la negación infrapolítica, articulando todas las pasiones reprimidas.  Desbordando incluso el reformismo oportunista de Black Lives Matter y la corrección política de la “policía solidaria”; es decir, de esos promotores de la “culpa blanca”   –Flower Bomb, dixit– que entregaban a compañerxs anarquistas y a manifestantes “incontrolables” a los agentes federales, acusándolos de “provocadores”, mientras llamaban a la protesta pacífica y políticamente recuperable.

Para empezar, el “antifascismo” como identidad político-ideológica, siempre ha sido (y es) una reverenda farsa. De lo contrario, también confrontarían al fascismo rojo, en lugar de identificarlo como “aliado”. Ya sabemos cual es la historia de Antifa, que de hecho, nunca se ha esforzado mucho en disimular el logo original, herencia del Partido Comunista Alemán (KPD).  Es un secreto a voces que esta organización stalinista, tuvo su aparición en Alemania a mediados de los años veinte y comienzos del 30 del siglo pasado –contando con financiamiento directo de Moscú–, con el objetivo de confrontar al fascismo pardo en su disputa eterna por captar adeptos y militantes entre los obreros. Tras la victoria del Ejército Rojo y la ocupación soviética de la zona oriental de Alemania, los stalinistas revivieron el término “anti-fascista” en la llamada “Guerra Fría” como sinónimos de “anti-imperialismo”, con la intención de legitimar la ideología de Estado y reafirmar su oposición a todo lo que no fuese explícitamente prosoviético. Durante la década del setenta, en el contexto de las protestas contra la Guerra de Vietnam, en “Alemania Occidental”, se registró otro intento resucitador de Antifa, en esa ocasión sus artífices fueron la Liga Comunista de orientación maoísta. Su próxima aparición, sería 57 años después, a comienzos de 1990 –ante el descomunal incremento del neonazismo entre los jóvenes de la ex República Popular Alemana (RDA) que (a modo de reacción anti stalinista) se asumían orgullosos herederos del, hasta entonces ilegal, nazismo–; tomaría cuerpo nuevamente bajo el nombre de Autonome Antifa (M) en  la universidad de Gotinga, contando con el financiamiento de algunos remanentes de la era comunista y, reviviendo su tradición stalinista tras la caída del Muro de Berlín y la “reconciliación alemana”,.

Aquí en Norteamérikkka, el “antifascismo a la americana” que ha ganado titulares en los últimos días, comparte los mismos “genes” stalinistas que sus pares europeos. Quien realmente está detrás de esta versión remasterizada del “antifascismo” es el Partido Comunista Revolucionario (RCP), de orientación maoísta. Precisamente, “Refuse Fascism” (Rechaza el Fascismo) es una de sus nuevas fachadas. En la lógica stalinista del “frentismo”, han inventado mil “coaliciones”. Entre las que se enlistan Refusse & Resist; La Resistencia; No en nuestro nombre; The World Can`t Weit; No Business As Usual y; ahora Refuse Fascism. Sólo cambian el nombre pero, inmediatamente te topas con los mismos rostros. Cinco o seis miembros del Comité Central que los traen de factótums al frente de organizaciones pantalla por “los derechos civiles y las libertades democráticas”, “contra la opresión de género u orientación sexual”, “contra la pena de muerte”, “contra la brutalidad policiaca”, por “la abolición de las cárceles, “la liberación del pueblo afroamericano”, “contra la deportación de los inmigrantes latinoamericanos”, “contra la destrucción de la naturaleza”, etc. Es la estrategia de la toma del poder a través de mil frentes heterodoxos, nutridos con todos los tontos útiles habidos y por haber. Como recalcaba Stalin: “La heterodoxia es un buen instrumento en la lucha por el poder. Pero una vez que se ha conquistado, el arma del poder es la ortodoxia”. Ciertamente –como diría el cantor–, “si no fueran tan temibles nos darían risa, sino fueran tan dañinos nos darían lástima” pero, cualquiera que conozca medianamente la historia del maoísmo sabe el poco respeto que han tenido siempre por la vida y la libertad. Estos fascistas rojos han masacrado pueblos enteros, han abarrotado cárceles y campos de concentración, han torturado y mutilado por “desviaciones burguesas” (léase orientaciones sexuales diferentes) y han devastado la Naturaleza.

Sin embargo –y aquí viene el balance desde la perspectiva informal e insurreccional anárquica–más allá del “antifascismo a la americana”, de la retórica atrapa-pendejos del maoísmo, de la ilusión cuantitativa y la óptica populista de las sectas neoplataformistas, del oportunismo del Partido Demócrata, del victimismo reformista de Black Lives Matter y, otras prácticas similares que validan la dominación, la autoridad e incluso la supremacía blanca; se produjeron incontables situaciones que demostraron una vez más que la “no-violencia” es una construcción con fines de recuperación sistémica. También quedó demostrado que el poder «negro», «mestizo», “latino” o «blanco» es la antítesis de la libertad y que –como apunta Flower Bomb–, “la política de Identidad es la amputación de la individualidad, haciéndonos a la vez obedientes a la autoridad colectiva de la Identidad y crédulos frente al mito nacionalista del supremacismo.” Paralelamente, se desmontó la leyenda –tan arraigada en Amérikkka– de la imposibilidad de enfrentar a la dominación, de reducir a cenizas un cuartel de policía o, extender el ilegalismo. Igualmente, se derribó el mito de “la lucha final” y del utópico “triunfo revolucionario”, confirmando que la insurrección es (y será) permanente y que solo el fuego puede regalarnos la Anarquía realizable. Retomando a Flower Bomb: “La revuelta no sucedió gracias a las enseñanzas de Mao ni a los mensajes divinos de dios. Los incendios, los saqueos y los ataques a la policía no necesitaron del marxismo, ni de un ejemplar de la Insurrección que viene ni un curso universitario de Historia del Anarquismo. Todo lo que se necesitó fue la expresión caótica de la rabia contra todas las representaciones de la autoridad”. Fuera de los reflectores y lejos de las primeras planas de los diarios, se registraron incontables expropiaciones de claro cuño anárquico e infinidad de ataques a la dominación, desde sabotajes a antenas y repetidores satelitales, hasta la quema de camionetas de Amazon y patrullas de policía. Empero, nos faltó gasolina.

C.I. ¿Qué lecturas nos sugieres para estos tiempos?
Nunca me ha gustado dar recomendaciones. Pero, tal vez, hay algunas lecturas indispensables para entender lo que se avecina. Pienso en el folleto –multicitado en esta entrevista– An Obituary for Identity Politics de Flower Bomb y, en la necesidad de releer El persistente atractivo del nacionalismo de Freddy Perlman, editado en español por Pepitas de Calabaza. También me parece importante leer Tame Words from a Wild Heart, una recopilación de textos de la compañera Jean Weir, que si bien aún conserva algunas propuestas propias de la experiencia teórico-práctica del insurreccionalismo del siglo pasado, da un paso significativo que sienta las bases del paradigma anárquico del siglo XXI, abandonando la visión utópica de “Le Grand Soir” y el despertar de las masas, apostando por una práctica informal de ataque permanente. En otro tenor, estoy disfrutando la lectura de Gamberros, ultras, quinquis y clandestinos. Los bajos fondos en España (1960-1981), que en realidad es el cuarto volumen de “Fuera de la Ley” de la Colección True Crime, editado por La Felguera. El primer volumen abarca de 1900 a 1923 y trae un montón de información sobre la actividad anárquica de principios del siglo XX. Vale la pena leer los cuatro volúmenes. Y bueno, tengo sobre el buró tres textos literarios que me regalaron en estos días y que sólo he ojeado por encima pero, según mi olfato prometen, pese a ser políticamente incorrectos. El primero es una compilación de cuentos de Guadalupe Netell, intitulado Pétalos y otras historias incómodas; el segundo, son Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) de Alma Delia Murillo y; el tercero, es una novela de Guillermo Arriaga que se titula Salvar el fuego. Curiosamente, los tres escritores son mexicanos (parece que me está ganando la nostalgia por los chilaquiles). Y ya que estamos en literatura incorrecta, les invito a leer 33 Revoluciones, una novela corta de mi entrañable Canek Sánchez Guevara, que leí cuando aún era manuscrito y, en días recientes, una queridísima amiga me comentaba que le ha servido mucho para descubrir esa Cuba profunda de la que aún está prohibido hablar en ciertos círculos. Justo ahora, que se aproxima su sexto aniversario luctuoso, se me antoja releerla.
C.I. ¿Quisieras agregar algo más?

G.R. Considero que no hemos dejado nada en el tintero. Sólo me gustaría reafirmar que todas las respuestas corresponden a mi óptica en torno al anarquismo del siglo XXI. Es decir, no me pronuncio  en nombre de organización alguna; es más, desde hace algo más de veinte años no formo parte de ninguna estructura y, estoy convencido que no voy a sumarme a alguna por el resto de mi vida. Impulso –a título personal– la tendencia informal e insurreccional anárquica como modo de lucha, es decir, me inclino hacia esta forma particular de concebir la confrontación permanente con el Poder e, intento extender el ilegalismo anárquico en nuestros días. Consecuentemente, vivo la anarquía sin dogmas ni ataduras. Una vez aclarado esto, solo me resta agradecerles la oportunidad de exponer sin censura (que aunque parezca increíble, cada vez es más evidente la censura en nuestros medios), algunas de mis consideraciones sobre las posibilidades de darle vida a la Anarquía, aquí y ahora.

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1. Rodríguez, Gustavo, Algunas reflexiones sobre el extravío teórico ideológico en el pensamiento ácrata contemporáneo, Ediciones Crimental, Santiago de Chile, Mayo 2011 (Nota de C.I.).
2.  (Nota de Contrainfo)
3.  (Nota de Contrainfo)